domingo, 6 de enero de 2008

Evangélicos y Nada Más...

Nunca ha sido demasiado difícil escribir, al menos no para mí, pues siempre ha sido mi mejor medio de expresión. El problema es que desde un tiempo a la fecha me cuesta demasiado concentrarme (mucho más de lo normal) especialmente para escribir. Es como si las palabras no brotaran con la misma facilidad de siempre. El problema se agrava aún más cuando mi mente está cargada de pensamientos que solo desean imprimirse en un papel con un poco de tinta. Hay mil cosas que rondan mi mente y frente a ellas me siento tan pequeño y mis problemas parecen solo detalles.
Por mucho tiempo he pensado en la complejidad del cristianismo como sistema valórico, de vida e incluso político. Me asombra ver como los principios cristianos afectan toda la vida del hombre, pues precisamente para eso fueron dados; pero me asombra aún más darme cuenta que nuestras vidas (hablo del cristiano chileno promedio) distan mucho de ser regidas por dichos principios. Entonces inmediatamente salta la primera pregunta ¿Somos verdaderamente cristianos? Me refiero al cristianismo que la Biblia describe como sistema de vida. Me parece muy sorprendente ver como muchos “evangélicos” consideran que el cristianismo no es un estilo de vida, sino un sistema de creencias, generalmente heredado del cual no somos parte activa, sino solo receptiva. Para algunos es un pecado casi mortal el solo pensar en concebir el cristianismo como sistema valórico, pues para que sirven los valores cuando otros tomas las decisiones por mí.
Pablo comprendió muy bien esta realidad cuando escribió a las distintas iglesias. Habló a cada una en particular sabiendo que cada una vivía el evangelio de una manera distinta. Debo hacer un alto en este punto, pues fui considerado hereje por plantear lo descrito (Pablo es más hereje que yo porque él lo escribió, yo solo lo repito) Me han dicho que cómo se me puede ocurrir sostener algo así, si el evangelio es solo uno y es imposible concebirlo en términos particulares. Estoy totalmente de acuerdo en que el Evangelio es un Universal, pero la forma que vivimos el evangelio, es un particular. Cada uno de nosotros ha recibido el evangelio de una manera diferente, cada uno de nosotros es distinto del otro, cada uno de nosotros ha crecido y vivido de un modo distinto, con distintas realidades y distintas vivencias, ¿podemos pedir que todos vivamos el evangelio del mismo modo? ¿Podemos limitar al Creador a una forma preestablecida? Hacerlo sería negar la imagen de Dios en nuestras vidas. Cuando camino por la calle y veo distintas personas, me detengo muchas veces a mirarlas (me dicen continuamente que no lo haga porque es de mala educación – no estoy muy seguro de eso-) el motivo de hacerlo es buscar la imagen que Dios impregnó en ellas. En muchas ocasiones es muy fácil hacerlo, más en otras es más fácil ver la marca de la Caída. El punto es que cada una de esas personas creadas a la imagen de Dios, es distinta y ve la vida de una forma distinta y creer que cada una puede o debe hacer lo que yo hago, es demasiada arrogancia. No sostengo con esto un relativismo, sino que cada uno de nosotros debe buscar, adorar y vivir para Dios, como Él nos hizo y no como algún otro ser humano nos plantea hacerlo.
Aquí tiene un rol fundamental el comprender el cristianismo como un sistema. Los sistemas tienen como fin dar un marco para que distintas personas se amolden a ese marco sin perder su individualidad (al menos así debería ser) El sistema económico neoliberal, por ejemplo, respeta las individualidades pero amolda estas a los parámetros que propugna. El cristianismo busca amoldarnos a un marco muy superior, que es el marco de Dios mismo
[1] pero respetando la imagen de Dios en nuestras vidas.
Creo que la iglesia, ya hablando de una estructura
[2] y no solo de individuos tiene una tarea pendiente específicamente en Chile, nuestro país. En los últimos 30 años hemos tenido un avance significativo dentro de nuestra sociedad. Casi el 20% de los chilenos dice ser evangélico y muchos de estos evangélicos tienen importantes puestos en el diario vivir de nuestra nación. Un avance cuantitativo que no se ve reflejado en un crecimiento cualitativo, sino al contrario en una disminución de este parámetro. El tener más gente en las iglesias no es síntoma de tener más cristianos en cada iglesia. ¿Por qué sucede esto? Sería bastante pretencioso de mi parte querer dar una respuesta a tan compleja pregunta en breves líneas, pero la causa que he tomado en este artículo, tiene relación con la mentalidad de la iglesia, es decir de quienes decimos ser cristianos.
Pablo dice a los romanos: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”
[3] Si queremos ser como Cristo, conformarnos a Su imagen, debemos conocer cual es Su voluntad y Pablo nos dice que la forma para conocer la voluntad de Dios es transformarnos mediante la renovación de nuestro entendimiento. Aquí entra en juego un personaje muy singular llamado Tomás de Aquino. Santo Tomás vivió en el siglo XIII d.C. y fue el iniciador del pensamiento escolástico. Quizás el más grande teólogo del catolicismo romano. Su gran obra la Summa Theologiae abarca varios volúmenes y en ella expone su pensamiento tomando como base principalmente a Aristóteles. Santo Tomás comienza con el error que hasta nuestros días se ha mantenido. Separa la vida del hombre en dos grandes pisos: el más alto es el que denomina Gracia y tiene relación con Dios y su naturaleza. Solo este piso merece ser conocido por el hombre, pues lo único que tiene valor es el conocimiento de Dios. Más abajo se encuentra la naturaleza, que tiene relación con el hombre y su vida. Este no merece mayor estudio, pues el hombre ha caído y lo único rescatable de él es su mente por medio de la cual puede tomar relación con la Gracia. Lo que Santo Tomás hace es dividir la vida en varias secciones: separa la vida del hombre de Dios y separa la mente del hombre de sus emociones y su cuerpo. Se nota claramente la influencia aristotélica pues los griegos consideraban que el fin del hombre era liberarse de las pasiones que se encontraban en el cuerpo y las emociones y esto se conseguía por medio del conocimiento, en el caso de Santo Tomás, el conocimiento de lo relacionado con Dios.
La iglesia ha sido impregnada por esta concepción hasta nuestros días. He escuchado muchas veces que todo lo del mundo es contrario a Dios (las artes, la naturaleza, la felicidad, etc) El cristiano es solo un peregrino de paso en esta vida, pues su hogar está más allá del sol. No debemos inmiscuirnos en el curso de este mundo pues no tiene sentido. Sin embargo la Biblia, aunque da luces de lo mencionado, también nos habla del mandato cultural de Dios a Adán en Edén. Jesús nos dice que somos la sal y la luz, pero para ser sal y luz, primero debemos acercarnos a la fuente del sazón y de la luz. Fuimos creados por Dios integralmente, es decir El considera todo nuestro ser cuando nos mira, no solo nuestra mente o nuestras emociones.
La tarea pendiente de la iglesia es crecer cualitativamente, es formar discípulos de Cristo con convicciones, con valores, que realmente vivan el cristianismo e impregnen de sabor y de luminosidad todo su ambiente. El Proverbista nos dice: “Por la bendición de los rectos la ciudad será engrandecida” Esta bendición es la vida del creyente, la forma que Dios quiere que vivamos, la mente que Dios quiere que tengamos. No se trata tan solo de una emoción pasajera, sino de convicciones profundas que transforman las vidas y las ciudades.
Continuando con la historia de Santo Tomás vemos que el legado que nos dejó con su concepción parcializada de la vida es la sociedad en que hoy vivimos. Los filósofos posteriores a él, fueron transformando la concepción original, pero conservando su base. La iglesia católica aún considera que el común de las personas no está preparada para conocer las verdades de Dios en la Biblia y hace depender a sus feligreses de la interpretación que el sacerdote puede dar de las mismas. Los países con un origen católico han crecido económicamente, pero difícilmente podemos hablar de naciones cultas o preparadas. El común de sus ciudadanos solo actúa por costumbre. Por otra parte los reformadores, especialmente calvino habló de cristianismo y cultura, uniendo los dos pisos que Santo Tomás separó. El hombre es imagen de Dios por tanto merece respeto, pero también es un ser caído que merece castigo; con la vista puesta en estas dos realidades es que se construyó la reforma y los países europeos vieron la luz.
Hoy más que nunca la iglesia debe ser el reservorio valórico de la sociedad, pues solo los valores del cristianismo han demostrado ser eficaces y perduraderos en el tiempo. Es nuestra tarea formar cristianos que realmente sean cristianos y no solamente un número más dentro del registro de nuestras congregaciones.
Si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?

[1] Efesios 4.13
[2] Entendiendo estructura como la suma de individuos
[3] Romanos 12.2

domingo, 4 de noviembre de 2007

De Herejías y Herejes

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define herejía como "error en materia de fe, sostenido con pertinacia. Hereje es el que sigue esta línea de error. He estado visitando algunos blogs en donde se habla del tema de las herejías y se menciona algunas o más bien se hacen comentarios sobre quienes las acuñaron. Desde que la iglesia está sobre la tierra ha debido soportar los embates de falsas doctrinas que intentan tergiversar las verdades de la Biblia. En sus primeros siglos de existencia, la iglesia debió soportar el ebionismo, el apolinarismo, el arrianismo y el pelagianismo entre otros. Estas doctrinas en algún punto discordaban con la doctrina oficial de la iglesia, que es la contenida en las Escrituras. Probablemente, de las mencionadas el arrianismo y el pelagianismo son las que mayor daño causaron. Es de notar que el pelagianismo, a pesar de ser condenado en el Concilio de Éfeso (431 d.C.) fue retomado con algunos matices por un sacerdote holandés llamado Jacobo Arminio.

Pero ya que estamos hablando de Pelagio y Arminio es importante saber de que hablaba. Pelagio era un sacerdote Britano que llegó a Roma en torno al año 400 d.C. postulando algunas ideas revolucionarias en torno al pecado original y la salvación del hombre. Pelagio sostenía que entre el pecado original, es decir el pecado de Adán y el hombre actual, no hay ninguna relación, en otras palabras, él sostenía que el hombre no nace con el germen del pecado, sino que este se adquiere por razones del ambiente, la crianza, etc. El punto principal de su doctrina, radica en el libre albedrío, pues para Pelagio era inconcebible que el hombre fuera "manejado" por una soberanía superior a su propia voluntad. La lógica de Pelagio era que el hombre podía y debía ser salvo por sus medios, pues Dios no nos pediría nada que no pudiéramos cumplir por nuestros propios medios. El discurso y las ideas de Pelagio estaban fuertemente influidas por la lógica griega, en donde el hombre era el centro del universo. Como ya mencionamos, las ideas de Pelagio fueron condenadas en el Concilio de Éfeso y combatidas arduamente por Agustín de Hipona.
A mediados del siglo XVI nace Jacobus Arminius, quien postula una crítica a la teología de Juan Calvino. No es sino hasta después de su muerte, específicamente en 1610, que un grupo de sus seguidores redactan 5 puntos en donde definen y defienden su doctrina. Este tratado es conocido como el Remosntrans. Los cinco puntos de este tratado, que resumen la teología de Arminio son los siguientes:

  • el decreto divino de la predestinación es condicional, no absoluto;
  • la expiación es universal en intención;
  • el hombre no puede ejercer una fe salvadora por sí mismo;
  • a través de la gracia de Dios es una condición necesaria del esfuerzo humano, no actúa de forma irresistible en el hombre y
  • los creyentes son capaces de resistir al pecado, pero no están libres de la posibilidad de perder la gracia divina.

Como se puede apreciar, la teología de Arminio no es otra cosa que la teología de Pelagio un poco moderada. El énfasis no está en lo que Dios puede y hace por el pecador, sino en lo que este hace por sí mismo. Si bien es cierto reconocen que es necesaria la fe en Jesucristo, sostienen que esta fe puede ser lograda por la voluntad del hombre. La Biblia nos dice claramente que la fe no proviene de nosotros, sino que es un don de Dios[1]

Arminio no reconoce la soberanía de Dios, sino que constantemente la cuestiona. Sus doctrinas fueron condenadas por la iglesia en el Sínodo de Dordrecht entre 1618 y 1619, estableciendo la razón escritural a las doctrinas de Calvino que son la continuación de las de Agustín.

Las doctrinas de Arminio, a pesar de ser condenadas por la iglesia de los Países Bajos donde nació, fueron aceptadas principalmente en Inglaterra por Juan Wesley y el movimiento Metodista. Más tarde estas doctrinas serían abrazadas por el Pentecostalismo.

Como podemos notar, el error principal de esta construcción doctrinal radica en la perspectiva, pues si consideramos todo lo anterior desde una perspectiva en donde el hombre es el centro del universo y Dios está a su servicio, por supuesto que estarán bien. Sin embargo si reconocemos la soberanía de Dios, no podemos concebir estas ideas dentro de nuestras creencias.

Lamentablemente las ideas de Pelagio y de Arminio, hacen eco en nuestras iglesias, en donde a pesar de predicarse que el hombre no se puede justificar ante Dios, exigimos que este sea portador de la fe que lo lleve a la salvación. Aún más se considera que el hombre puede perder la salvación como si este la hubiese ganado. Se hacen imposiciones al hombre para que se pueda acercar a Dios y Dios responda sus oraciones. Si lo hace de tal o cual modo tendrá resultado, como si el resultado dependiese de nosotros. Debemos concluir diciendo que lo que Dios pueda hacer por nosotros no depende de lo que hagamos, pues quien tienen siempre la última palabra es nuestro Creador.


[1] Efesios 2.8

sábado, 3 de noviembre de 2007

Un poco de Historia de la Iglesia

El 31 de Octubre, se celebró el día de la iglesia evangélica en Chile. Este es un primer paso a lo que será pronto el primer feriado evangélico en nuestro país. Hagamos un poco de historia.
Para poder comprender un poco la historia de la iglesia evangélica en Chile, es necesario ir al siglo XVI específicamente a Wittemberg, a la puerta de la iglesia de Todos los Santos de esa ciudad alemana. El 31 de Octubre de 1517, un monje agustino llamado Martín Lutero clavó en la puerta de esa iglesia, sus 95 tesis en donde desafiaba claramente la autoridad papal para perdonar pecados. Este hecho fue el inicio de la reforma que daría nacimiento a las iglesias protestantes o evangélicas. Poco a poco la reforma alcanzó los demás países de Europa. Ulrico Zwinglio en Suiza, Juan Calvino en Francia y Suiza, Casiodoro de Reina en España y otros más marcaron esta nueva era para la iglesia.
La Reforma tardó varios años en llegar a nuestro país, pues para el siglo XVI, cuando la Biblia era traducida al idioma de cada país donde la reforma llegaba, en nuestro país recién se fundaban las primeras ciudades. En esa época se llamo a la naciente iglesia: “protestantes”, pues precisamente protestaban en contra de la omnipotencia de la iglesia católica y su desprecio por la verdad de Dios.

La presencia evangélica en Chile se ha mostrado desde los albores de nuestra patria independiente. Uno de los primeros registros que encontramos de la participación de un protestante en la historia de nuestro país, data de 1811. Bajo el gobierno de José Miguel Carrera, se encargó la confección de los primeros emblemas nacionales: una bandera y un escudo al señor Robert Poinsett, delegado del gobierno americano en nuestro país. Este ciudadano norteamericano era protestante y en el escudo nacional puso la frase “Post Tenebras Lux”, después de las tinieblas la luz. No era solo una frase independentista, sino una clara alusión al cambio que realiza Cristo en la vida del creyente.
Bernardo O’higgins introdujo varias reformas en su gobierno y una de las más importantes fue en el área de la educación. Diego Thomson fue el primer misionero evangélico que entró al país oficialmente en 1821. Fue el encargado de la creación de escuelas populares utilizando el sistema lancasteriano con la Biblia como silabario. Más tarde llegan oleadas de inmigrantes a Chile, siendo muchos de ellos protestantes. Hacia fines del siglo XIX aparece en la escena nacional el Reverendo David Trumbull. Hombre elocuente y de fuertes convicciones, predicaba que el evangelio no solo puede transformar vidas, sino también sociedades enteras e incluso las nacientes repúblicas sudamericanas. Amigo personal del presidente Balmaceda, fue impulsor de grandes reformas legislativas que se concretarían en los años siguientes: La Ley de Matrimonio Civil, la creación del Registro Civil y la de los cementerios laicos. También fue impulsor de la educación laica.
Uno de los protestantes más conocidos en Chile es Juan Canut de Bon. Sacerdote español que llega a nuestro país a mediados del siglo XIX, se convierte al encontrar un Nuevo Testamento en una estación de trenes. Desde ese momento se transforma en un promotor de la causa evangélica. Desarrolló su labor ministerial principalmente en La Serena, en donde era respetado por su congregación, pero odiado por la comunidad por introducir herejías en esa ciudad. Un día caminando por la ciudad, no recibió las típicas pedradas o insultos, sino el grito de unos niños que le gritaban “canuto”. Desde ese día se nos llama despectivamente los canutos, incluso el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, dice que canuto es el que profesa la religión protestante en Chile.
Parecen datos anecdóticos, pero cuando vemos como se ha forjado la historia de nuestra iglesia, vemos el rechazo, el maltrato y las injusticias como tenor de cada generación. Hasta la promulgación de la ley de cementerios laicos, nuestros hermanos que morían eran tirados en el cerro Santa Lucía en Santiago y en alguna fosa clandestina o incluso al mar en las demás ciudades. Aún hoy existe allí un monumento erigido por don Benjamín Vicuña Mackena que dice: “A la Memoria de los expatriados del cielo y la tierra que en este sitio yacieron sepultados durante medio siglo” Nuestros hermanos en Valparaíso y otras ciudades, no recibían aplausos cuando salían a predicar a las calles, sino los desechos de los baños de cada casa. Pedradas, atropellos de caballos, escupitajos e insultos fueron el camino que nuestros antepasados transitaron para que hoy pudiéramos adorar a Cristo libremente.
El desafío de la iglesia del siglo XXI es grande: seguir proclamando el nombre de Cristo sobre la base de lo que nuestros hermanos con tanto sufrimiento forjaron. Cristo debe llegar a todos los rincones de nuestro querido país, no solo como un mensaje más, sino como el poder capaz de transformar las vidas de los hombres y dar esperanza de un mañana próspero. La única forma de que nuestras ciudades y país lleguen al desarrollo, es siguiendo los principios del cristianismo, pues podemos afirmar que Chile es lo que es gracias a la labor incansable de muchos hombres del ayer. Seguimos caminando hacia el cielo con la confianza de que Chile será para Cristo.

Proverbios 11.11 nos recuerda que “por la bendición de los justos la ciudad será engrandecida”

viernes, 5 de octubre de 2007

Viviendo Éticamente

En mi última publicación hablé sobre la ética y el pecado. La conclusión de ese breve estudio es que nuestro llamado ético es a vivir justa y piadosamente fundados en el amor y por otra parte no amoldarnos a este mundo, sino que vivir de acuerdo a los principios de Dios.

id="fullpost">Personalmente creo que hay una mezcla de ingredientes que nos llevan al deseo de Dios para nuestros corazones. Una preparación académica adecuada sumada a un conocimiento teológico bien fundado, puede provocar que un hombre o mujer llegue a lugares impensados. Si a estos dos ingredientes le sumamos un último, más importante aún, como lo es la vivencia dada por Dios en su revelación, encontraremos el camino al verdadero éxito que significa la voluntad de Dios.

Una serie de eventos desafortunados, a mi parecer, me han llevado a escribir estas líneas. Digo a mi parecer, pues lo que a mi me parece desafortunado o poco feliz, puede ser usado por Dios para tratar conmigo. Esto último es lo que Dios está haciendo. Mucho podemos hablar y disertar sobre un tema, pero cuando debemos vivir ese tema, Dios nos lleva a profundidades insondables para la mente humana. Jesús no enseñaba por medio de tratados o ensayos, sino que enseñaba con su ejemplo, con su propia voz. Cuando hablamos de ética estamos finalmente hablando de amoldar nuestras vidas a la imagen del varón perfecto[1]. Ese es nuestro modelo ético, nuestro llamado ético.

La ética no sirve de nada si no es puesta en práctica, pues son los conflictos éticos los que muestran nuestra realidad. ¿Qué hacer cuando nos tratan mal? ¿Debemos responder de la misma forma a los que nos ofenden? ¿Vale la autodefensa frente a una injusticia latente? Jesús le dijo a Felipe, si quieres ver al Padre, debes mirarme a mi[2]. No lo dijo por un parecido físico, sino porque Jesús encarnaba los valores de Dios, el mensaje de Dios, la pauta de vida que Dios quiere para el hombre.[3] Dijimos que la diferencia entre ética y moral radica en la solidez de los principios éticos, frente a lo fluctuante de la moral, que se va adaptando a las épocas y los lugares. Dios ha dado un código ético para el hombre y Jesús fue la encarnación de ese código ético.

Solo Jesús, el Dios hecho hombre podía resumir toda la ley en dos mandamientos, pues El era el autor de la ley. Aún más, solo El podía cumplir esos dos mandamientos y con ello toda la ley. Nuestras vidas deben ser conformadas cada día a las lecciones que nos da el Maestro. No vale conocer los principios de Dios si no los vivimos, si no los sufrimos, si no los disfrutamos. Sabemos que debemos amar a nuestros enemigos, pero cuando nos enfrentamos a ellos es cuando debemos tomar una decisión ética basada en los principios de Dios: lo amamos o tratamos de hacer justicia por nuestra propia mano. Existe una tercera opción, lo dejamos a la “ira de Dios” o la “justicia de Dios” (para que suene mas “cristiano”) cuando lo que queremos es que Dios mande fuego del cielo y no deje sino cenizas. Lo éticamente correcto sería pedir misericordia por ellos, pues Dios ha tenido misericordia de nosotros. Alguien podría decir que esto no es ética, sino vivir una vida de santidad. Nuestro llamado y parámetro de conducta es Jesús, debemos vivir como El lo hizo, actuar como el lo haría. Eso es la ética.

En estos momentos, amar a Dios puede parecer sencillo (obviamente no lo es) frente al reto de amar a nuestro prójimo, aún o mayormente cuando ese prójimo ha procurado nuestro mal. Todo discurso ético es vacío si no nos enfrentamos a vivir éticamente. El cristianismo conoce los principios de Dios, sabe lo que dice la Biblia, pero no vive de acuerdo a lo que la Biblia dice. Eso no es cristianismo, no es vivir éticamente. El llamado es sumamente alto, pues la ética y el cristianismo no son dos opciones de vida, sino una sola vida. No podemos hablar de verdadera ética lejos del cristianismo y los principios de Dios, así como no podemos hablar de cristianismo lejos de la misma ética.id="fullpost">

  


[1] Efesios 4.13

[2] Paráfrasis mía del pasaje de Juan 14.8,9 y ss.

[3] Juan 1.14

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Etica Cristiana y Pecado

Algún tiempo atrás leí un artículo de un connotado teologo nacional que trataba sobre el tema de la ética cristiana. Dicho autor cuestionaba si realmente existe una ética cristiana como creación nueva. Sobre ese punto escribí estas líneas, creyendo firmemente que el cristianismo como sistema filosófico tiene mucho que aportar en el campo de la ética. Sobre si la ética cristiana es algo original, creo que no, pues el cristianismo primitivo estuvo fuertemente influenciado por un choque de dos cosmovisiones: la helénica (en su vertiente platónica) y la judía. Por tanto la ética que llamamos cristiana es influenciada por otras corrientes, incluso otras ciencias. Partiré desde lo más básico hasta poder aplicar a nuestras vidas este tema tan importante. Por supuesto, esto es solo un breve pensamiento de lo que podemos decir sobre la ética y en nada agota todo lo que se debe decir.

¿Qué es la ética?


Podemos definir la ética como el conjunto de normas que orientan nuestras vidas y definen nuestros deberes y obligaciones. La ética es normativa, es absoluta, es lo que la gente “debe hacer”.

Debemos establecer una diferencia entre este concepto de ética y la moral, pues pareciera que siempre están muy asociadas. La moral trata de la bondad o maldad de las acciones humanas, no es el estudio de lo que el hombre “debe hacer”, sino de “lo que hace”.

Es necesario distinguir muy claramente entre ética y moral, pues la confusión de estos conceptos puede llevar rápidamente al error. La moral se va adecuando al momento histórico de cada nación y de cada persona. Lo que en un lugar del mundo es reprochable, en otro perfectamente puede ser aceptado. Un ejemplo de esta situación es la moral que tenían los alemanes bajo el dominio Nazi. La ética había sido tan encubierta por los filósofos del régimen, que el pueblo estaba convencido que el exterminio de las razas inferiores era prácticamente un mandato de Dios. Esas normas no eran éticas, sino morales. El punto de mayor conflicto es que un uso prolongado de este tipo de morales, puede llevar a una confusión permanente del sentido ético verdadero.

Todos los hombres tienen un sentido de lo que es bueno y lo malo en sus corazones, sin importar la cultura donde estén. El problema radica en que ese sentido puede ser corrompido por la “moral del momento”.

Cada uno de nosotros es guiado por estos absolutos morales y eso nos viene directamente de Dios. El autor del libro de Hebreos nos recuerda lo siguiente:

“Pondré mis leyes en la mente de ellos,

Y sobre su corazón las escribiré;”[1]

Este absoluto moral, no es otro que la voluntad de Dios en el hombre; es Dios quien ha dado las reglas de lo bueno y lo malo. Estas normas absolutas dadas por Dios, reflejan quien es El, su carácter y sus deseos. De ahí la importancia de vivir de acuerdo a estas normas.

Nuestra tarea es descubrir a la luz de la Biblia, que es lo que Dios quiere de nosotros, cual es el conjunto ético normativo que tiene para nuestras vidas.

“Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?”[2]

Dios ha establecido su voluntad para el hombre en la Biblia y de ella estudiaremos un concepto que abarca precisamente lo que Dios quiere de nosotros.


El ideal moral cristiano


Dios dio los diez mandamientos a Israel, como la base de toda la Ley. Estos se encuentran en Éxodo 20. Los podemos expresar de la siguiente forma:

  1. No tendrás dioses ajenos[3]
  2. No te harás imagen[4]
  3. Santificarás mi nombre[5]
  4. Santificarás mi día[6]
  5. Honrarás a tu padre y a tu madre[7]
  6. No matarás[8]
  7. No cometerás adulterio[9]
  8. No hurtarás[10]
  9. No mentirás[11]
  10. No codiciarás[12]


Si los estudiamos detalladamente podemos encontrar cierta lógica; los cuatro primeros mandamientos se refieren principalmente a nuestra relación con Dios, mientras que los siguientes seis, se refieren a la relación con nuestro prójimo. A lo largo del Antiguo Testamento y especialmente del Nuevo Testamento, estos dos conceptos se enmarcan en la piedad y la justicia. Estos dos conceptos son lo mismo que vimos anteriormente.
Cuando a Jesús se le preguntó que opinión tenía de la Ley, El resumió toda la Ley en dos mandamientos: Amar a Dios y a nuestro prójimo[13]; piedad y justicia.

El apóstol Pablo llama una y otra vez a las iglesias a vivir en piedad y justicia, pues es lo que agrada a Dios. Nuestras vidas deben ser puestas bajo esta misma mirada, pero a diferencia de las personas del Antiguo Testamento, nosotros tenemos un nuevo prisma que es el amor. No obedecemos a Dios por obligación o por miedo al castigo, sino que lo hacemos por el amor que provoca en nuestros corazones, la conciencia de sabernos pecadores y que aún así El dio su vida por nosotros. En base al mismo sacrificio de Cristo, es que amamos a nuestros semejantes, pues comprendemos que valen lo mismo que nosotros; son tan pecadores como nosotros, pero también fueron mirados con misericordia por parte de Dios igual que nosotros.

Ya que estamos hablando del amor, debemos distinguir qué tipo de amor estamos mencionando.

Como ya sabemos, el Nuevo Testamento fue escrito en griego y para los griegos hay al menos tres palabras que describen el amor, pero en distintas esferas.

La primera es Eros, que se refiere al amor sexual, al amor de pareja. Esta expresión no se utiliza en el Nuevo Testamento.

La segunda es Filos, que denota el amor fraternal, el amor de padre a hijo o entre hermanos.

Por último tenemos ágape, que es la expresión de amor más alta, un amor desinteresado, un amor fraterno, un verdadero amor. Esta es la expresión utilizada en 1ª Corintios 13, donde se nos llama a un camino más alto, que es el amor.

En conclusión, el ideal moral cristiano, es decir la pauta bajo la cual mirar todas nuestras acciones y relaciones, debe ser el amor.

Si hablamos de ética como las normas que nos orientan al bien, necesariamente debemos tener una clara visión de la contraparte, es decir el mal. En la Biblia al hacer el mal se le llama pecado, que es lo que estudiaremos a continuación.

¿Qué es el pecado?

La primera definición de pecado que tomaremos es una que tiene mucha relación con lo que hemos hablado de ética. Si entendemos la ética como conformar nuestra conducta a la Ley de Dios, el pecado es “anomia", es decir inconformidad con la Ley de Dios. En sencillas palabras, podemos decir que bajo esta descripción, pecado es no cumplir los preceptos morales de Dios, que están contenidos en Su Ley[14]. El pecado no es solo el “no cumplir” la Ley, sino que es el rechazo absoluto a la Ley de Dios.

El pecado es el exceso o defecto en cualquier línea; es hacer más de lo que Dios permite o no hacer lo que Dios manda.

El pecado puede concretarse de diversas formas, como acción (hacer algo incorrecto), omisión (no hacer lo que es debido) o pensamiento (el solo pensar en hacer algún mal)

En el Nuevo Testamento, el pecado se define también como “desviarse del curso recto”, algunos autores agregan “errar el blanco”. Sin duda, el pecado es desviarse del camino que Dios ha trazado para que el hombre sea prosperado y esté en comunión con Él.

Origen del pecado

La Biblia dice que Dios creó al hombre y lo creó bueno, pero entre las características que le dio, estaba la libre capacidad de decidir entre dos o mas situaciones. En este estado, antes de la caída descrita en Génesis 3, el hombre estaba en un estado de “posse non peccare”, es decir no podía pecar, no existía esa opción siquiera. Sin embargo a raíz de la caída del hombre, ahora nos encontramos en una posición de “non posse non peccare”, es decir, no podemos dejar de pecar.

Sin duda alguna, el estado del hombre tras la caída es deplorable, por cuanto todas las capacidades que Dios le entregó originalmente, han sido disminuidas y casi anuladas, pero Dios tenía un plan para el hombre.

La Biblia nos dice que los que están en Cristo, nueva criatura son[15], lo que significa que ese estado de “non posse non peccare” es anulado, pues el cristiano puede no pecar. Es más, el verdadero significado del caminar cristiano es precisamente ese, conformar nuestras vidas a la Ley de Dios evitando el pecado.

Cuando hablamos de la Ley de Dios, nos referimos a sus preceptos que son eternos y no a una simple codificación de los mismos. La Ley de Dios es eterna y perfecta, tal como son todos sus caminos.

En este punto del estudio toma importancia recordar las diferencias entre ética y moral, pues a pesar de que Dios ha fijado un código ético que refleja su propio carácter, el hombre no vive de acuerdo a esas reglas.

En estos días, la cosmovisión imperante es el postmodernismo, en que uno de sus principios es la relativización de los valores, es decir, vivir la vida de acuerdo a la moral imperante y no a los principios éticos de Dios que son eternos.

El libro de Jueces nos narra un difícil momento en la historia de Israel:

“En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.”[16]

Aunque este pasaje es antiguo, nos da una muestra de lo que hoy sucede en el mundo, cada uno hace lo que bien le parece ¿La causa de esto? La misma de ese entonces, no hay rey. Frente a esto el cristiano tiene mucho que decir, pues reconoce a Dios como su rey y por tanto se esmera en conformar su vida a los principios de su rey. Podemos agregar aún más, el problema de las naciones que ven vanos sus esfuerzos por surgir, radica en este mismo punto. Salomón, el gran rey de Israel lo dijo:

“Sin profecía el pueblo se desenfrena;

Mas el que guarda la ley es bienaventurado”[17]

¿Qué podemos hacer frente a esta situación en donde los valores bíblicos no tienen cabida en nuestra sociedad? El apóstol Pablo una vez más acude con una respuesta:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”[18]

En conclusión, la ética cristiana consiste en dos puntos principales:

  1. Vivir justa y piadosamente fundados en el amor

  1. No amoldarnos a este mundo, es decir vivir de acuerdo a los principios de Dios y no a la moral imperante.

[1] Hebreos 8.10

[2] Deuteronomio 10.12,13

[3] Éxodo 20.3

[4] Éxodo 20.4,6

[5] Éxodo 20.7

[6] Éxodo 20.8,11

[7] Éxodo 20.12

[8] Éxodo 20.13

[9] Éxodo 20.14

[10] Éxodo 20.15

[11] Éxodo 20.16

[12] Éxodo 20.17

[13] Mateo 32.37,40

[14] 1ª Juan 3.4

[15] 2ª Corintios 5.17

[16] Jueces 17.6

[17] Proverbios 29.18

[18] Romanos 12.2