lunes, 8 de agosto de 2011

Lucro en la educación y protestas estudiantiles

No tengo claro si las palabras que ahora escribo terminarán siendo de alguna utilidad, sólo deseo expresar mi opinión sobre un tema que acapara la atención de nuestro país en este minuto. Me refiero a la serie de protestas que surgen en torno al tema de la educación. Por una parte están los estudiantes secundarios, universitarios y profesores, y por el otro el gobierno. Centraré mis palabras en uno de los puntos que considero más importantes, dejando de lado los demás, no por considerarlos menos importantes, sino porque afectan otros sectores que no pretendo alcanzar con este simple artículo; me refiero al tema del lucro en la educación.

Es cierto lo que un sector de la ciudadanía opina en relación a este tópico y a la imposibilidad de que en un par de meses se dé solución a un tema que se arrastra por más de 30 años. Digo abiertamente más de 30 años, pues la base del sistema educacional chileno actual, se encuentra en el constituyente de 1980. Es entonces cuando el “constituyente” opta por un sistema socio político de libre mercado. No digo solo un sistema económico, pues finalmente este, como todos los sistemas económicos, carga con una visión particular del mundo que va más allá de la economía simplemente. Fue entonces cuando se decidió que las diversas situaciones sociopolíticas serían reguladas por el libre mercado, incluyendo en ellas a la salud, la educación y otras tantas más. Desde ese entonces, a pesar de que se sostenga legalmente que las instituciones de educación superior, no perseguirán fines de lucro, se muestra en la práctica que tal situación no es más que letra muerta. Partiendo por las altas sumas que se debe pagar cada año por concepto de matrícula, pasando por la colegiatura mensual y llegando hasta las sumas que se deben desembolsar para obtener el tan preciado “cartón”, nos encontramos con un sistema educacional fundado en intereses económicos. Analizar este tema in profundis, excede mis intenciones con estas letras, pero me interesa centrarme en el rol social que tienen las actuales protestas estudiantiles en torno al tema particular del lucro en la educación.

La historia se construye a través de diversas formas, siendo una particularmente productiva los procesos sociales que llevan a un convencimiento de cambio. A eso nos enfrentamos hoy, a un sistema que no convence a una gran cantidad de estudiantes y ciudadanos comunes y corrientes y que por otra parte se encuentran convencidos que se debe cambiar dicha situación. Todos deben opinar, pero personalmente no considero legítimas las opiniones de quienes nunca necesitaron la ayuda estatal para cursar sus estudios superiores, quienes no saben de becas, pues la seguridad y estabilidad económica de sus familias, les permitió estudiar sin mayores contratiempos. Considero legítima la aspiración del estudiante que proviene de una familia en donde los ingresos económicos apenas alcanzan para las necesidades básicas. ¿Sólo el que tiene dinero puede estudiar? ¿Sólo el que asegure el pago del arancel anual de cualquier carrera, puede acceder a ella? Abogo por un sistema de educación superior, en que realmente las universidades públicas lo sean, y no solo una fachada para un negocio. Abogo por que en dichas universidades tenga espacio el hijo de la mujer campesina, de la madre soltera, del obrero de temporada y de la gran cantidad de familias chilenas que aspiran a un futuro mejor para los suyos. Abogo por que sea el Estado el que proporcione una opción real de acceso a la educación superior para todos los chilenos y chilenas. Para llegar al diálogo es necesario considerar un factor de suma importancia: no hay verdadero y legítimo dialogo si quienes dialogan no están en igualdad de condiciones. Frente a un Estado todopoderoso, una de las únicas vías que tiene la población es ejercer la presión necesaria, para que sus demandas sean escuchadas, elevando su nivel por una parte y poniendo de tal modo en jaque al aparataje político que sea capaz de rebajar su nivel y oído a las demandas de la gran mayoría. No comparto ni compartiré la opinión cegada de quienes ven en cada protesta el “germen nocivo” del comunismo. No comparto la opinión de quienes ven fantasmas del pasado en cada esquina. Es necesario reivindicar nuestro derecho a protestar en contra de lo que está mal, nuestra esencia de cristianos es ser protestantes. Protestamos en contra de un sistema que no está de acuerdo a lo que Dios pide de nosotros. ¿Qué demanda Dios de nosotros? Que le amemos con todo lo que somos y que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Dios mandó a Israel, su pueblo escogido, a que fuera el defensor del pobre, del débil, de la viuda y el huérfano. Cuando protestamos en contra de un sistema sociopolítico que deja sin oportunidades al pobre, por el solo hecho de ser pobre, no hacemos otra cosa que cumplir lo que Dios pide de nosotros, lo que Dios pide de mí. Jamás compartiré el argumento fascista de que el pobre es pobre porque quiere o porque es flojo. Argumentan que hay oportunidades para todos, solo basta trabajar y esforzarse para salir adelante. ¡Elucubraciones teóricas y librescas aquellas! En un sistema económico en donde la base del desarrollo está en el capital y no en las personas, no hacemos más que alienar a un alto porcentaje de la población que no tiene siquiera acceso a un sistema crediticio que le permita emprender alguna acción que mejore su situación. Abogo por un Estado presente en las necesidades de las personas, que dé el espacio y las oportunidades reales, no de papel, para que todo ciudadano pueda desarrollarse integralmente. Hago eco de los principios bíblicos en mis palabras, pues he de defender al pobre y al necesitado como si se tratara de Jesús mismo. No concibo la idea de una iglesia acomodaticia, que por haber alcanzado cierta estabilidad económica olvide que fue tomada de la majada también, majada en donde se encuentran tantos conciudadanos sufriendo la miseria y la alienación. No comparto, ni compartiré la opción que muchos profesionales cristianos toman, de olvidar a sus propios hermanos en su lucha por alcanzar una mejor educación y un mejor pasar, porque ellos ya lo han alcanzado. Mi progreso es el progreso de mi nación y de mi hermano; si mi hermano progresa, también progreso yo y no he de sentir envidia por sus logros. Si lo hago, es que no he entendido de qué trata el evangelio. Falaz es la iglesia que tranza su defensa del pobre y el menesteroso, del que no tiene oportunidades, por una pequeña cuota de poder, lograda en las sucias tretas del lobby político. Sucias son las manos de quienes se llenan de dinero a expensas de su hermano que sufre del frio en el invierno, porque su casa no posee un sistema de calefacción digno o de su hermana que muere en las eternas colas de atención del sistema de salud, sin nunca lograr la atención o el tratamiento para su enfermedad. Si en algo debe invertir un país, es en el beneficio de sus ciudadanos. El índice del progreso de un país no está en cuantos ricos tengamos, sino en cuantos pobres dejamos de tener. Mientras la pobreza, la falta de acceso a la educación y tantos males sociales más existan es necesario protestar. Que se nos vaya la vida protestando mientras recordamos a Jesús volcando las mesas de los mercaderes en el templo, pues habían dejado la verdadera religión en pro de un beneficio pecuniario que estaba contra toda moral.

Concluyo haciendo un llamado a los jóvenes como yo, que hemos tenido la oportunidad de acceder a una mejor educación que nuestros padres; llamo también al hijo de la madre soltera, al hijo del obrero agrícola, al niño de población a que juntos soñemos con una sociedad más justa, con mayor preocupación por el que sufre, con mayor amor por el que no tiene las mismas oportunidades, por una sociedad que ame a Dios por sobre todas las cosas, pero que también ame a su prójimo como a sí mismo.